martes, 7 de marzo de 2017

Sobre la pequeña de la casa

La pequeña de la casa, a sus dos años y tres meses, que cumple hoy, nos tiene embobados.

Me encanta esta foto, muy digna ella llevando la maleta

Su lengua de trapo genera momentos de muchas risas, porque además ella oye campanas pero no sabe dónde. La última gracia es que cuando se le pide algo que no quiere compartir contesta muy seria: "no, es solo para mayores". El otro día era la hermana, once años mayor que ella, la que la pedía una pintura y le contestaba con tan irrefutable argumento.

También le encanta contestar rápidamente con un: ¡jesús!, en cuanto oye a alguien estornudar. Es algo que le da mucha alegría.

Participa del drama familiar: la hermana sigue pillando un piojo que se encuentre despistado a 5 kilómetros a la redonda. Esa facilidad para atraerlos, sumada a su vocación de Rapunzel, arrojan un terrible resultado y muchas horas y dineros invertidos en la noble tarea del despiojado. La pequeña ya le recuerda amablemente que se pase la liendrera y que no le acerque mucho la cabeza: "que pegas piojos a mi".

El sábado fue la jornada de puertas abiertas en el cole, en el que empezará primero de infantil en septiembre. El cole es el mismo de sus hermanos, y del que soy antigua alumna, así que habíamos pensado no ir, pero en el último momento decidimos pasarnos.

Qué impresión verla en la que será su clase, jugando y explorando tan contenta. Por ahora la idea de ir al cole, le gusta, a ver cómo es la cosa cuando vea de verdad en lo que consiste el plan. Por ahora tengo las dos experiencias extremas. La hermana mayor que fue feliz desde el primer día, nunca lloró, y siempre fue contenta, si acaso le resultó una experiencia un poco decepcionante porque ella pensaba que la iban a enseñar a leer y como me dijo a la semana de empezar: "mamá, enséñame tú que en el cole solo juguemos y nos peleemos". Ese fue su resumen de primero de infantil. Y lo peor es que igual no iba desencaminada la mujer. Por el contrario el hermano nunca tuvo ganas de ir, esta misma experiencia de ir a ver el cole, fue en medio de llantos desgarrados, y su primer día de clase amaneció con un grito de: "no quiero ir an coleeeeeeeeeeee". Nunca ha sido partidario de la enseñanza reglada, la criatura. Con cinco o seis años, un niño que siempre estaba en su mundo de fantasía, y ya me vino un día preguntando por el home schooling, en perfecta pronunciación el jodío. A saber dónde habría él oído del tema, pero le pareció la idea del siglo.

Ahora nos falta el desempate con la pequeña, yo creo que se va a parecer más a la mayor, aunque no tan afanada. Es decir, creo que le gustará, pero tampoco va a estar tan deseosa por aprender como estaba mi princesa mayor.

viernes, 3 de marzo de 2017

Siempre hemos vivido en el castillo

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jacson.

Leí esta entrada de Ro y me picó la curiosidad.



Al igual que le pasó a ella, lo que más sorprende es que la autora naciera en 1916, ya que la narración tiene un estilo moderno y diferente. De hecho podría ser una película de Tim Burton por ese toque tétrico y poco convencional que tiene.

Lo que más me ha gustado ha sido el principio de la historia y el final. En el medio he de reconocer que por momentos se me ha hecho un poco pesada. Más que pesada, la palabra sería claustrofóbica, que creo que de hecho es la sensación que busca la autora transmitir.
Encerradas con el recuerdo de lo que ocurrió sobrevolando sus cabezas, repitiendo menús, conversaciones y situaciones, una y otra vez. Al final se produce un pequeño giro en la historia, algo en lo que no había pensado aunque en realidad era totalmente factible y probable que acabara ocurriendo. Hay trasfondo de locura extravagante, de manías, supersticiones y fobias, de una forma perturbadora y natural a la vez. Hasta las situaciones más desquiciantes son narradas de forma neutra y normal.


Siempre busco información sobre los escritores que leo, a veces me dejan absolutamente indiferente y en otras ocasiones, su propia biografía suma a la historia de su novela. Este caso pertenece claramente al segundo grupo. Su vida parece digna de una de sus obras.



Shirley Jackson nació en 1916 en San Francisco y murió a los 48 años de edad de un ataque al corazón mientras dormía. Además de obras para adultos, escribió libros para niños y una serie de relatos breves sobre su experiencia como madre de cuatro hijos (Life Among the Savages and Raising Demons). Por si le sobraba tiempo con sus cuatro criaturas y su trabajo de escritora, además tenía once gatos (¡once!) a los que bautizó con los nombres de las demoníacas jerarquías infernales.
Hasta aquí ya os habéis percatado de que era una mujer peculiar. Pero ojo, que falta lo mejor. Durante toda su vida padeció neurosis, depresión, ansiedad y agorafobia. En este libro del que os escribo hoy, una de las hermanas protagonistas padece agorafobia, así que supongo que tendrá ciertos aspectos autobiográficos, al menos en el desarrollo de ese tipo de sensaciones claustrofóbicas que consigue transmitir al lector.

Además, Shirley padecía adicción a las anfetaminas y al alcohol. Un coctel que no ayuda precisamente a ser longeva. En las fotos de los últimos años no parece una mujer de cuarenta y pico años, sino mucho mayor. Y ahora el detalle final de su historia, que a mi me da para mucha elucubración sobre qué pudo ocurrir realmente: su marido se volvió a casar en el mismo año de su muerte. Su nueva esposa era una de sus alumnas, que además compartía clase con su hija pequeña. Truculento.