Este fin de semana ha tenido lugar la siguiente conversación con mis hijos:
- S: Mamá, ¿sabías? L. es la salvadora de los pringaos en el colegio
- Yo: Quéééé? Esa palabra es muy fea, ¿qué es eso de pringaos?, no se llama así a ningún niño.
- S: Pero mamá, ¿por qué?, si los hay, ¿tú no sabías que en el cole hay pringaos?. Pues yo mismo sería un pringao si no fuera hermano de L., y tengo muchos amigos que son pringaos. Ser pringao no es malo, simplemente lo eres, y L. los defiende, y hace que les dejen jugar a la comba, a polis y cacos o a lo que quieran jugar.
- Yo: ¿L.? ¿es eso cierto?
Mi hija levanta durante unos segundos la mirada de la pulsera de abalorios que está haciendo (no sé si lo he comentado alguna vez pero es una máquina con las manualidades, por suerte no ha salido a mí en eso), y simplemente se encoje de hombros.
En ese momento tengo la certeza absoluta de que mi hija es la protectora de los débiles del cole y me invade una sensación de orgullo y satisfacción indescriptible. Disimulo delante de ellos, pero me pondría a bailar y a darles besos sonoros de abuela de pueblo de Castilla la Mancha.
A la vez me hago consciente de algo que en realidad ya se, y es que la vida de un niño puede ser muy difícil. Incluso la vida de un niño feliz, tiene muchos momentos de infelicidad. Muchas veces se tiende a simplificar pensando que la infancia es una época de ingenuidad, fantasía y felicidad. Y sí lo es, pero también tienen sus pequeños (para ellos grandes) conflictos. Y no hablo de niños que clara y objetivamente tienen una infancia desgraciada (eso merecería un capítulo aparte). Hablo de niños como los míos, o como fui yo hace 30 años.
Yo era una niña con una buena vida, con unos buenos padres, buenos hermanos, con muchos amigos… lo que comúnmente se asocia a un niño feliz, y sin embargo recuerdo perfectamente momentos de un estrés y una angustia muy similar a la que he sentido de adulta. En la distancia los motivos que originaban esos sentimientos parecen tonterías, pero en ese momento, no lo eran, eran mi mundo. También cuando estemos muertos los problemas de ahora parecerán una gilipoyez y ahora nos quitan el sueño.
Creo que es importante recordar esto y darle a las preocupaciones de los niños la importancia que se merecen. Lo cual no significa en absoluto que las tengamos que resolver por ellos.
Imagino que para el “pringao” (qué palabra más espantosa, cómo me rechina tener que usarla, pero para ser fiel a la historia, tengo que incluirla…) al que no dejan jugar a polis y cacos, ese hecho será una gran preocupación. Imagino que para mi hija, hasta que ha decidido ser la que les defiende, ha tenido que ser difícil también, el decidir si te posicionas o no, si decides mirar hacia otro lado, si asumes el riesgo de que alguien decida ponerte en el bando del débil por protegerles. Ella no ha compartido nada de eso conmigo, y sin embargo, me puedo hacer una idea de su lucha interna. En otro momento de esa misma conversación mi hijo dijo: “Como L. es tan mona y tan guay, muchos niños la obedecen. Supongo que también es porque aunque es muy delgadita, es muy fuerte, así que también tendrán miedo de que les zurre”. Suerte que mi hija utiliza ese “poder” para proteger a los más débiles del patio, los populares tienen mucho peligro, el poder corrompe, no solo en política, también en el patio del colegio, no sé si me explico.
No he querido seguir profundizando, porque me asustan las respuestas, da mucho miedo cuando tomas total conciencia de que la vida de tus hijos tiene dificultades, como la tiene tu propia vida. Incluso siendo niños felices, risueños, con - objetivamente hablando -, una buena vida, como la tienen mis hijos.
A todas las edades, todos en alguna parcela de nuestra vida somos unos pringaos, todos sufrimos, y a la vez hay felicidad en medio de todo ello. Reflexión de perogrullo, pero que no viene mal recordar.





